domingo, 12 de noviembre de 2017

«¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!» (Evangelio Dominical)

                                                               
                   


Hoy, se nos invita a reflexionar sobre el fin de la existencia; se trata de una advertencia del Buen Dios acerca de nuestro fin último; no juguemos, pues, con la vida. «El Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio» (Mt 25,1). El final de cada persona dependerá del camino que se escoja; la muerte es consecuencia de la vida -prudente o necia- que se ha llevado en este mundo. Muchachas necias son las que han escuchado el mensaje de Jesús, pero no lo han llevado a la práctica. Muchachas prudentes son las que lo han traducido en su vida, por eso entran al banquete del Reino.

La parábola es una llamada de atención muy seria. «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). No dejen que nunca se apague la lámpara de la fe, porque cualquier momento puede ser el último. El Reino está ya aquí. Enciendan las lámparas con el aceite de la fe, de la fraternidad y de la caridad mutua. Nuestros corazones, llenos de luz, nos permitirán vivir la auténtica alegría aquí y ahora. Los que viven a nuestro alrededor se verán también iluminados y conocerán el gozo de la presencia del Novio esperado. Jesús nos pide que nunca nos falte ese aceite en nuestras lámparas. 

                                                   
                                                                    



Por eso, cuando el Concilio Vaticano II, que escoge en la Biblia las imágenes de la Iglesia, se refiere a esta comparación del novio y la novia, y pronuncia estas palabras: «La Iglesia es también descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado, a la que Cristo amó y se entregó por ella para santificarla, la unió consigo en pacto indisoluble e incesantemente la alimenta y la cuida. A ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por el amor y la fidelidad».






Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):


                                                           
                                                            




En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»


Palabra del Señor




COMENTARIO


                                                     



En el léxico común “prudencia” significa cordura, sensatez, tacto, cautela.  Pero la virtud de la Prudencia es muchísimo más que eso.  Tan importante es esta virtud que la Biblia la cita como necesaria en varias oportunidades, tanto en el Antiguo Testamento (Prov. 10, 19; 11.12; 13, 16; 16, 21; 16, 23; 17, 27),  como en las Cartas de San Pablo (1 Cor. 4, 10; 1 Tim. 3, 2; Tit. 2, 2; 2, 5; 2, 6).

El Libro de los Proverbios nos dice que “el hombre prudente procede con Sabiduría”  y nos dice también que “el sabio de corazón es llamado prudente” (Prov. 13, 16 y 16, 21).

De allí que la Primera Lectura de hoy sea tomada del libro de la Sabiduría (Sb. 6, 12-16).   Y que se nos diga en ella que “es prudencia consumada darle primacía a la Sabiduría en los pensamientos”.

Y ... ¿qué es la Sabiduría?

La Sabiduría con “S” mayúscula no es lo que se piensa comúnmente: el saber mucho, acumular muchos conocimientos, saber aplicarlos, etc.

La verdadera Sabiduría consiste en poder ver las cosas a la luz de Dios; es ver todo como Dios lo ve.


                                             



Sabiduría es quitarnos los lentes turbios que solemos llevar, los cuales nos hacen ver las cosas de acuerdo a nuestro modo de pensar humano, y ponernos más bien los lentes claros y brillantes de Dios.  Estos lentes imaginarios nos permiten ver con claridad el camino que hemos de seguir, nos permiten actuar con la prudencia a la que nos invitan las lecturas de este domingo.

Sabiduría es saber ver las circunstancias de nuestra vida y la de otros, los hechos de la vida cotidiana, los acontecimientos nacionales y mundiales como Dios los ve.

En resumen:  Sabiduría es ver todo a la luz de Dios.  Sabiduría y prudencia van ligadas.  Según la Primera Lectura,  ser prudente es ser sabio.

Y es así porque virtud de la prudencia nos lleva a actuar de acuerdo a la luz de Dios, de acuerdo al modo como Dios ve las cosas, y no de acuerdo a nuestro modo humano de pensar.

En la Segunda Lectura (1 Tes. 4, 13-18) San Pablo nos muestra en qué consiste la muerte para los creyentes; nos enseña cómo ver la muerte con esa prudencia que el Señor nos pide, a la luz de la Sabiduría divina.


                                                         



A la luz de Dios, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”,  pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor –cuando lleguemos al Cielo, una vez purificados- y, posteriormente, para la resurrección que tendrá lugar al fin de los tiempos.

De allí que San Pablo nos diga: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con El”. Dios nuestro Señor nos llevará a esa meta que El nos ha prometido:  el Reino de los Cielos.  Eso sí: siempre y cuando hagamos lo requerido por El.

No es de extrañar, entonces, que Jesucristo nos presente la prudencia como un requerimiento para entrar al Reino de los Cielos, cuando nos cuenta la famosa parábola de las vírgenes necias, la cual nos trae el Evangelio de hoy.  (Mt. 25, 1-13).

                                                               

                                                                         

Jesucristo llegará de improviso a llamar a su Banquete Eterno a toda la humanidad, representada por las diez jóvenes.  Cinco de las jóvenes eran prudentes y cinco eran imprudentes.  Las prudentes tenían suficiente aceite para mantener las lámparas encendidas; las otras cinco se quedaron sin aceite y sin poder entrar al Banquete Celestial.

Aunque no nos demos cuenta, la realidad es que vivimos nuestra vida terrena en espera del Señor, que puede llegar en cualquier momento para iniciar su Fiesta Eterna.  Pero para poder entrar a esa Fiesta a la que todos somos invitados, tenemos que estar preparados, con nuestras lámparas llenas del aceite de las virtudes y de las buenas obras.  Esta parábola es un llamado a ser prudentes.  ¿En qué consiste, entonces, la virtud de la Prudencia?

Consiste la Prudencia en saber lo que debemos hacer o dejar de hacer para alcanzar la vida eterna en cada situación que se nos presente.  ¡Nada menos!  Es decir:  la prudencia es como la guía que nos lleva al Banquete Celestial.

La prudencia incluye varios aspectos y se manifiesta de varias maneras.  Así,  la persona prudente:


                                                          

                                 


.        sabe aplicar las experiencias del pasado al momento presente.

.        puede decidir en el momento presente lo que es bueno o malo, conveniente o inconveniente, lícito o ilícito, siempre con miras al fin último, que es la vida eterna. 

.        sabe ser humilde y dócil para pedir consejo o aceptar corrección y orientación de personas sabias.

.        sabe decidir “prudentemente” tanto en los casos urgentes, cuando no es posible detenerse en un largo examen, como en los casos no urgentes cuando sí puede hacer una reflexión detenida.

.        puede decidir si debe actuar de una u otra manera, considerando todas las consecuencias que ese acto pueda tener, siempre con miras a la vida eterna.  Por ejemplo:  la persona prudente sabe que las humillaciones aceptadas son fuente de humildad para quien recibe la humillación, pero si una humillación también afecta a terceros, se da cuenta que puede ser prudente no aceptar esa humillación.


                                                            



.        sabe evitar los obstáculos que puedan poner en peligro el fin sobrenatural.  Concretamente la virtud de la prudencia indica cómo evitar el pecado y cómo evitar también la tentación al pecado.

Lo contrario a la prudencia es el descuido, la imprudencia.  Esta también tiene sus manifestaciones: 

.        actuar por capricho y con precipitación, sin tener en cuenta nuestro fin último.

.        también incluye la inconstancia, que lleva a abandonar fácilmente y por capricho el fin sobrenatural que nos indica la prudencia.

.        el imprudente es también negligente con relación a lo que hay que hacer para obtener la vida eterna. 

.        la principal imprudencia, sin embargo, es la de dar una imprudente sobre-valoración a las cosas terrenas, siendo precavido e imprudentemente “prudente” para las cosas de este mundo, pero descuidando las cosas que tienen que ver con la vida eterna.


                                                     



Los prudentes entrarán al Banquete Celestial y los imprudentes tendrán que oír la sentencia que el Señor nos da al final de esta parábola:  “No los conozco”.   No conoce el Señor a quienes no dirigen sus decisiones y sus actos de acuerdo al fin último al que estamos todos invitados:  el Banquete Celestial.

Según esta parábola de las vírgenes necias, la virtud de la prudencia también incluye la previsión y la vigilancia.  Por eso el Señor cierra su relato con la siguiente advertencia: “Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25, 13).












Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilia.org
Evangeli.org

domingo, 5 de noviembre de 2017

«El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Evangelio Dominical)


                                         




Hoy, el Señor nos hace un retrato de los notables de Israel (fariseos, maestros de la Ley…). Éstos viven en una situación superficial, no son más que apariencia: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres» (Mt 23,5). Y, además, cayendo en la incoherencia, «porque dicen y no hacen» (Mt 23,3), se hacen esclavos de su propio engaño al buscar sólo la aprobación o la admiración de los hombres. De esto depende su consistencia. Por sí mismos no son más que patética vanidad, orgullo absurdo, vaciedad… necedad.

Desde los inicios de la humanidad continúa siendo la tentación más frecuente; la antigua serpiente continúa susurrándonos al oído: «El día en que comiereis de él (el fruto del árbol que está en medio del jardín), se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gn 3,5). Y continuamos cayendo en ello, nos hacemos llamar: “rabí”, “padre” y “guías”… y tantos otros ampulosos calificativos. Demasiadas veces queremos ocupar el lugar que no nos corresponde. Es la actitud farisaica.

                                                          


 Los discípulos de Jesús no han de ser así, más bien al contrario: «El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23,11). Y como que tenemos un único Padre, todos ellos son hermanos. Como siempre, el Evangelio nos deja claro que no podemos desvincular la dimensión vertical (Padre) y la horizontal (nuestro) o, como explicitaba el domingo pasado, «amarás al Señor, tu Dios (…). Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37.39).

Toda la liturgia de la Palabra de este domingo está impregnada por la ternura y la exigencia de la filiación y de la fraternidad. Fácilmente resuenan en nuestro corazón aquellas palabras de san Juan: «Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso» (1Jn 4,20). La nueva evangelización —cada vez más urgente— nos pide fidelidad, confianza y sinceridad con la vocación que hemos recibido en el bautismo. Si lo hacemos se nos iluminará «el camino de la vida: hartura de goces, delante de tu rostro, a tu derecha, delicias para siempre» (Sal 16,11).

Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):


                                                   




En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»


Palabra del Señor
 



COMENTARIO.


                                                     




Las Lecturas de hoy se refieren muy especialmente a aquéllos que tienen responsabilidad dentro de la Iglesia, quienes con su ejemplo y su predicación deben guiar al pueblo de Dios.

La Primera Lectura del Profeta Malaquías (Ml. 1, 14; 2, 2,8-10)  es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas:  “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos en la ley; han anulado la alianza que hice con la tribu sacerdotal de Leví ... no han seguido mi camino y han aplicado la ley con parcialidad”

Luego en el Evangelio (Mt. 23, 1-12), Jesús hace algo parecido, criticando a un grupo religioso de su época, el de los Fariseos, cuyo objetivo era la práctica de la ley de Moisés en la forma más estricta y detallada.

La crítica del Señor se basaba sobre todo en que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros, por lo que el Señor los llamó “hipócritas”.   Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término “fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.

El Evangelio de hoy trae una frase que llama la atención, la cual es importante aclarar:  “A ningún hombre sobre la tierra lo llamen ‘padre’, porque el Padre de ustedes es sólo el Padre Celestial”.   ¿Por qué, entonces, los Católicos llamamos “Padre” al Sacerdote?   Es una pregunta y un ataque que formulan los enemigos de la Iglesia a nosotros los Católicos.


                                                                 
                                                     


Y la respuesta es que llamamos así a los Sacerdotes por lo mismo que llamamos “maestro” al que enseña y  por lo mismo que llamamos “guía” al que orienta o dirige.  En realidad usamos esos nombres porque no tiene nada de malo hacerlo y porque Jesucristo realmente no prohibió que lo hiciéramos.

Lo que sucede es que al aislar la frase y sacarla fuera de contexto parecería que no puede llamarse a nadie ni “padre”, ni “maestro”, ni “guía”.  Si eso fuera cierto no pudiéramos llamar a nuestro progenitor “padre”.  Ese es el sentido material de la palabra “padre”:  progenitor.  Cuando llamamos a los Sacerdotes, “Padre” el vocablo tiene un sentido espiritual.

Y el mismo Jesús utiliza la palabra “padre” en ese sentido espiritual para referirse a alguien que no es Dios Padre.

En la parábola del rico y el pobre Lázaro, Jesús pone en la boca del rico  esta exclamación: “Padre Abraham, ten piedad de mí”  (Lc. 16, 24).

De allí que haya que ver todo el contexto de este trozo del Evangelio, para podernos dar cuenta que lo que quiere prohibir el Señor no es el uso de las palabras “Maestro”, “Padre” y “Guía”, sino la actitud de superioridad con relación al prójimo.


                                                          



 Para poder entender lo que quiere decir este pasaje bíblico no hay que quedarse con lo que significan estas palabras, sino con el sentido de todo el pasaje, en el que lo más importante es el llamado a la humildad de parte de los que tienen esas funciones.

Si nos fijamos cómo concluye el planteamiento de Jesús, podemos darnos cuenta de qué es lo que el Señor nos quiere comunicar con esa advertencia: “El mayor de entre ustedes sea vuestro servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. 

El Señor condena el orgullo de los que quieren ocupar los primeros puestos y hacen las cosas para ser admirados.  A esta conducta Jesús contrapone la sencillez y humildad que desea que sean sello de sus apóstoles y discípulos, los cuales deben ser “servidores” de los demás.

Y no sólo nos lo aconsejó, sino que de esto nos dio ejemplo al hacer un servicio que usualmente hacían a los invitados a los banquetes los sirvientes de las casas:  lavar los pies a sus Apóstoles en la Ultima Cena.

A esta actitud de humildad que el Señor reclama, hay que añadir el amor y la entrega generosa por los demás de que nos habla San Pablo en la Segunda Lectura (1 Tes. 2, 7-9. 13).   Aquí vemoscuál es el trato que el Apóstol ha dado a aquéllos a quienes sirve.  Más allá del servicio, les habla de una ternura maternal y hasta de entregar la propia vida por ellos.


                                                           



Veamos ahora con detalle, algunas de las acusaciones hechas por Jesús a los Fariseos en el Evangelio de hoy, para no caer nosotros en la misma hipocresía que el Señor condenó tan duramente:

“Hagan todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra”.  ¡Cuántas veces nuestro ejemplo no va parejo con nuestra predicación y con nuestras exigencias a los demás!  ¡Cuántas veces nuestros actos contradicen nuestras palabras!

Sin embargo, a veces son otros los que desdicen con su ejemplo lo que predican.  ¿Qué hacer, entonces?  Si ellos no practican lo que dicen, ¿significa que hay que descalificar lo dicho?

Debemos recordar que Dios quiere que sigamos los buenos consejos, aunque quienes los den no den el ejemplo con sus obras.  Así que no sirven excusas como:  “hay Sacerdotes sinvergüenzas, por tanto yo no creo en los Sacerdotes ni en lo que predican”

Esta excusa suele escucharse con cierta frecuencia, pero no es válida.  Sólo Dios es perfecto; sólo Jesús fue Maestro perfecto, pues era Dios.  Todos los seres humanos podemos errar, por lo que los maestros humanos pueden ser imperfectos en sus enseñanzas y mucho más en sus obras.

                                                                        



Tratemos, entonces, de tener coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras, dando siempre buen ejemplo y evitando el pecado de escándalo.  Pero no hay que descalificar a los predicadores porque su ejemplo no sea perfecto.

“Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover”.   Los Fariseos ponían cargas pesadas e insoportables a los demás, y ellos mismos no las cumplían.  No hagamos nosotros igual.

Pero también al pensar en las cargas, recordemos lo que nos dice Jesús:  “Mi yugo es suave y mi carga es llevadera” (Mt. 11, 30).   Y es llevadera y dulce nuestra carga, pues Jesús la comparte con nosotros.  Jesús nos ayuda a llevarla.  El tuvo al Cireneo que le ayudó a llevar su cruz. Y ¡qué mejor Cireneo que el nuestro!  Es Jesús mismo quien viene a ayudarnos, cuando le entregamos a El nuestras cargas.

Por otro lado, ¡cuántas veces cargamos a nuestros prójimos con nuestras cargas, a veces reales, a veces inventadas por nosotros mismos! Pero debemos saber que Dios desea que nosotros no carguemos de peso a los demás, sino que más bien les ayudemos a llevar sus cargas.


                                                               




“Todo lo hacen para que los vea la gente”.   Aquí sí es verdad que el “fariseo” se nos sale con más frecuencia.  ¡Cómo nos gusta ser admirados y respetados!  ¡Cómo nos gusta que se hable bien de nosotros!  Y, peor aún, ¡cuántas son las cosas que hacemos para ser apreciados y alabados!  ¿Qué valor, entonces, tienen esas cosas buenas que hacemos, pero con un fin farisaico, interesado, impuro?  ¿Dónde está la pureza de corazón y la rectitud de intención cuando así nos comportamos?

Cuando oímos hablar de los fariseos y recordamos cómo el Señor los acusó y los fustigó, nos parece que son personajes lejanos en el tiempo y que nada tienen que ver con nuestra manera de proceder.  Hasta podríamos pensar:  ¿para qué están en los Evangelios y para qué nos ponen en la Liturgia todos estos regaños que el Señor le da a los fariseos?

La crítica del Señor se basaba sobre todo en que ellos mismos no cumplían lo que exigían cumplir a otros, por lo que Jesús los llamó “hipócritas”.   Es por ello que hoy día en el lenguaje coloquial religioso el término “fariseo” ha venido a ser considerado sinónimo de “hipócrita”.

Pero ... ¿nos hemos puesto a pensar que también nosotros a veces somos como los fariseos?  La hipocresía es uno de los defectos que nos permitimos a nosotros mismos, casi sin darnos cuenta.  La hipocresía, la cual vemos tan repugnante, es doblez y falta de rectitud de intención.

El doblez (¿o la doblez?), es decir, el tener dos caras, es más frecuente de lo que creemos o nos damos cuenta.  ¿Nos hemos detenido a pensar que hipocresía es también hacer las cosas con intenciones escondidas o distintas a las que mostramos? ¿Nos damos cuenta que a veces somos hipócritas hasta con Dios?  ¡Y esa actitud la consideramos como un derecho adquirido!  Está tan arraigada a veces en nuestra manera de proceder que ya ni nos damos cuenta de que es un defecto, porque nos sale de manera demasiado espontánea.

Pero esa actitud es totalmente contraria a la pureza de corazón, que Jesús nos pide: Bienaventurados los de corazón puro...  (Mt. 5, 8) 

                                                                                 


La advertencia de Jesús nuestro Señor es bien clara:  “Si vuestra santidad no es mayor que la de los maestros de la Ley y los Fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 20).

Practiquemos la pureza de corazón, la rectitud de intención, la honestidad mental y espiritual.  Si nos cuesta, pidámosla en la oración.  Sólo así, el discurso contra los fariseos no será para nosotros.













Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org


miércoles, 1 de noviembre de 2017

HOY CELEBRAMOS LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS!!




Hoy celebramos la realidad de un misterio salvador expresado en el “credo” y que resulta muy consolador: «Creo en la comunión de los santos». Todos los santos, desde la Virgen María, que han pasado ya a la vida eterna, forman una unidad: son la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Al mismo tiempo, también están en comunión con nosotros. La fe y la esperanza no pueden unirnos porque ellos ya gozan de la eterna visión de Dios; pero nos une, en cambio el amor «que no pasa nunca» (1Cor 13,13); ese amor que nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Por tanto, no veneramos a los santos solamente por su ejemplaridad, sino sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Por esta profunda unidad, hemos de sentirnos cerca de todos los santos que, anteriormente a nosotros, han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos y, sobre todo, han amado al Padre Dios y a sus hermanos los hombres, procurando imitar el amor de Cristo.

Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores que han existido a lo largo de la historia son, por tanto, nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: «Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar. Éstos son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir (cf. Mt 6,20). Como afirma el Concilio Vaticano II, «su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad» (Lumen gentium, 49). Esta solemnidad nos aporta una noticia reconfortante que nos invita a la alegría y a la fiesta.

Un poco de historia




La primera noticia que se tiene del culto a los mártires es una carta que la comunidad de Esmirna escribió a la Iglesia de Filomelio, comunicándole la muerte de su en el santo obispo Policarpo,
 año156. Esta carta habla sobre Policarpo y de los mártires en general. Del contenido de este documento, se puede deducir que la comunidad cristiana veneraba a sus mártires, que celebraban su memoria el día del martirio con una celebración de la Eucaristía. Se reunían en el lugar donde estaban sus tumbas, haciendo patente la relación que existe entre el sacrificio de Cristo y el de los mártires

La veneración a los santos llevó a los cristianos a erigir sobre las tumbas de los mártires, grandes basílicas como la de San Pedro en la colina del Vaticano, la de San Pablo, la de San Lorenzo, la de San Sebastián, todos ellos en Roma.

Las historias de los mártires se escribieron en unos libros llamados Martirologios que sirvieron de base para redactar el Martirologio Romano, en el que se concentró toda la información de los santos oficialmente canonizados por la Iglesia.

Cuando cesaron las persecuciones, se unió a la memoria de los mártires el culto de otros cristianos que habían dado testimonio de Cristo con un amor admirable sin llegar al martirio, es decir, los santos confesores. En el año 258,San Cipriano , habla del asunto, narrando la historia de los santos que no habían alcanzado el martirio corporal, pero sí confesaron su fe ante los perseguidores y cumplieron condenas de cárcel por Cristo.

Más adelante, aumentaron el santoral con los mártires de corazón. Estas personas llevaban una vida virtuosa que daba testimonio de su amor a Cristo. Entre estos, están san Antonio  (356) en Egipto y san Hilarión (371) en Palestina. Tiempo después, se incluyó en la santidad a las mujeres consagradas a Cristo.

Antes del siglo X, el obispo local era quien determinaba la autenticidad del santo y su culto público. Luego se hizo necesaria la intervención de los Sumos Pontífices, quienes fueron estableciendo una serie de reglas precisas para poder llevar a cabo un proceso de canonización, con el propósito de evitar errores y exageraciones.

El Concilio Vaticano II reestructuró el calendario del santoral:



Se disminuyeron las fiestas de devoción pues se sometieron a revisión crítica las noticias hagiográficas (se eliminaron algunos santos no porque no fueran santos sino por la carencia de datos históricos seguros); se seleccionaron los santos de mayor importancia (no por su grado de santidad, sino por el modelo de santidad que representan: sacerdotes, casados, obispos, profesionistas, etc.); se recuperó la fecha adecuada de las fiestas (esta es el día de su nacimiento al Cielo, es decir, al morir); se dio al calendario un carácter más universal (santos de todos los continentes y no sólo de algunos).




ORACIÓN A TODOS LOS SANTOS




Patriarcas que fuisteis la semilla
del árbol de la fe en siglos remotos,
al vencedor divino de la muerte,
rogad por nosotros.
Profetas que rasgásteis inspirados
del porvenir el velo misterioso,
al que sacó la luz de las tinieblas,
rogad por nosotros.
Almas cándidas, Santos Inocentes
que aumentáis de los ángeles el coro,
al que llamó a los niños a su lado,
rogad por nosotros.
Apóstoles que echasteis en el mundo
de la Iglesia el cimiento poderoso,
al que es de la verdad depositario
rogad por nosotros.
Mártires que ganásteis vuestra palma
en la arena del circo, en sangre rojo,
al que os dio fortaleza en los combates,
rogad por nosotros.
Vírgenes semejantes a azucenas
que el verano vistió de nieve y oro,
al que es fuente de vida y hermosura,
rogad por nosotros.
Monjes que de la vida en el combate
pedísteis paz al claustro silencioso,
al que es iris de calma en las tormentas,
rogad por nosotros.
Doctores cuyas palmas nos legaron
de virtud y saber rico tesoro,
al que es raudal de ciencia inextinguible,
rogad por nosotros.
Soldados del ejército de Cristo,
Santas y Santos todos,
rogad que perdone nuestras culpas
a Aquel que vive y reina entre vosotros.
Amén

Autor: Gustavo Adolfo Béquer





domingo, 29 de octubre de 2017

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón (…). Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Evangelio Dominical)





Hoy, nos recuerda la Iglesia un resumen de nuestra “actitud de vida” («De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas»: Mt 22,40). San Mateo y San Marcos lo ponen en labios de Jesucristo; San Lucas de un fariseo. Siempre en forma de diálogo. Probablemente le harían al Señor varias veces preguntas similares. Jesús responde con el comienzo del Shemá: oración compuesta por dos citas del Deuteronomio y una de Números, que los judíos fervientes recitaban al menos dos veces al día: «Oye Israel! El Señor tu Dios (...)». Recitándola se tiene conciencia de Dios en el quehacer cotidiano, a la vez que recuerda lo más importante de esta vida: Amar a Dios sobre todos los “diosecillos” y al prójimo como a sí mismo. Después, al acabar la Última Cena, y con el ejemplo del lavatorio de los pies, Jesús pronuncia un “mandamiento nuevo”: amarse como Él nos ama, con “fuerza divina” (cf. Jn 14,34-35).

                                   



Hace falta la decisión de practicar de hecho este dulce mandamiento —más que mandamiento, es elevación y capacidad— en el trato con los demás: hombres y cosas, trabajo y descanso, espíritu y materia, porque todo es criatura de Dios.

Por otro lado, al ser impregnados del Amor de Dios, que nos toca en todo nuestro ser, quedamos capacitados para responder “a lo divino” a este Amor. Dios Misericordioso no sólo quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29), sino que nos diviniza, somos “partícipes” (sólo Jesús es Hijo por Naturaleza) de la naturaleza divina; somos hijos del Padre en el Hijo por el Espíritu Santo. A san Josemaría le gustaba hablar de “endiosamiento”, palabra que tiene raigambre en los Padres de la Iglesia. Por ejemplo, escribía san Basilio: «Así como los cuerpos claros y trasparentes, cuando reciben luz, comienzan a irradiar luz por sí mismos, así relucen los que han sido iluminados por el Espíritu. Ello conlleva el don de la gracia, alegría interminable, permanencia en Dios... y la meta máxima: el Endiosamiento». ¡Deseémoslo!



Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,34-40):


                                   

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra del Señor





COMENTARIO.


                                               


Las lecturas de este domingo nos hablan del amor... del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo.  En estos dos mandamientos se encierra la voluntad de Dios, la cual nos ha sido revelada en la Sagrada Escritura.  Nuestra relación con Dios va en sentido vertical y nuestra relación con el prójimo va en sentido horizontal, como formando una cruz, en la cual uno y otro eje son indispensables.  No puede separarse uno del otro.

Veamos el primero de los dos mandamientos: amar a Dios.  Nos dice Jesús en el Evangelio que éste es “el más grande y el primero de los mandamientos”  (Mt. 22, 34-40).   Pero... ¿en qué consiste?  ¿Qué significa amar a Dios?  El mismo Jesús nos lo dice: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn. 14, 15).   Amar a Dios, entonces, es complacer a Dios.  Quien ama complace al ser amado.  Amar a Dios es tratar de agradar a Dios en todo, en hacer su Voluntad, en cumplir sus mandamientos, en guardar su Palabra.  Amar a Dios es también, amarlo a El primero que nadie y primero que todo. Y amarlo con todo el corazón y con toda el alma significa estar dispuestos a cumplir sus deseos y a entregarnos a El sin condiciones.

Es decir, amar a Dios es también servir a Dios, idea que nos plantea San Pablo en la Segunda Lectura: “Ustedes han aceptado la Palabra de Dios en tal forma que ... se convirtieron al Dios vivo y verdadero para servirlo” (1 Tes. 1, 5-10).


                           



Sabemos también que Dios es la fuente de todo amor ... y no sólo eso, sino que Dios es el Amor mismo (cfr. 1 Jn. 4, 8).  Esto significa que no podemos amar por nosotros mismos.  El ser humano no puede amar si no fuera por Dios.  Lo que sucede es que Dios nos ama y con ese Amor con que Dios nos ama, podemos nosotros amar: amarle a El y amar también a los demás.  Porque Dios nos ama es que podemos nosotros amar.

Esto significa también que ambos mandamientos -el amor a Dios y el amor al prójimo- están unidos.  Uno es consecuencia del otro.  No podemos amar al prójimo sin amar a Dios.  Y no podemos decir que amamos a Dios si no amamos al prójimo, pues el amor a Dios necesariamente se traduce en amor al prójimo.

“La característica de la civilización cristiana es la Caridad: el Amor de Dios que se traduce en amor al prójimo … el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables” (Benedicto XVI, 19-10-2008).

Como el Señor nos manda a “amar al prójimo como a nosotros mismos”, debemos ver qué significa eso y cómo se ama así.  ¿Qué es amarse a uno mismo?

                                               


Vale la pena aquí detenerse un poquito, para revisar lo que se ha dado por llamar “auto-estima”, concepto que ha pretendido basarse en esta frase del Señor, en la que se dice que El nos manda a amarnos a nosotros mismos.  Pero, viéndolo bien ... ¿qué es amarse a uno mismo? ¿Significa amar a alguien estimar sus cualidades o, más bien, amarlo significa buscar su bien sin tener en cuenta cualidades y defectos?  Asimismo,  ¿significa amarse a uno mismo estimar las cualidades propias o, en cambio, significa buscar el propio bien y la propia complacencia?  Apreciar las propias cualidades y el propio valer es estimarse a uno mismo.  No significa esta estima amarse a uno mismo.  Amarse a uno mismo es otra cosa: es buscar el propio bien y la propia complacencia.  Y ésa fue la medida mínima que Dios nos puso para amar a los demás.

¿Qué nos quiere decir el Señor, entonces, cuando nos pide amar al prójimo como a uno mismo?  Nos quiere decir que desea que tratemos a los demás como nos tratamos a nosotros mismos.  Si nos fijamos bien, somos muy complacientes con nosotros mismos:  ¡Cómo respetamos nuestra forma de ser y de pensar!  ¡Cómo excusamos nuestros defectos! ¡Cómo defendemos nuestros derechos!  ¡Cómo nos complacemos nosotros mismos, buscando lo que nos agrada y lo que necesitamos o creemos necesitar!

El precepto del Señor de amar a los demás tiene esa medida: la medida de cómo nos respetamos y nos complacemos nosotros mismos.  Dicho más simplemente:  debemos tratar a los demás como nos tratamos a nosotros mismos, complacer a los demás como nos complacemos a nosotros mismos, ayudar a los demás como nos ayudamos a nosotros mismos, respetar a los demás como nos respetamos a nosotros mismos, excusar los defectos de los demás como excusamos los nuestros, etc., etc.


                                         



Amar al prójimo como a uno mismo no significa, por tanto, auto-estimarse, sino más bien seguir este otro consejo de Jesús: “Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes”  (Lc. 6, 31).  Nos amamos tanto a nosotros mismos que esa fue la medida mínima que puso el Señor para nuestro amor a los demás.

Debemos tener en cuenta, además, que nuestro amor al prójimo no puede depender de las cualidades de ese prójimo, ni siquiera de cómo sea el trato que ese prójimo nos dé.  Nuestro amor a los demás depende, más bien, del hecho de que todos somos creaturas de Dios.

¿Cómo se ama al otro?  Para contestarlo en pocas palabras: amar al otro es pensar en las necesidades del otro antes que en las necesidades propias.  Es cumplir esta petición de Jesús: “Hagan a los demás todo lo que quieran que hagan a ustedes” (Mt. 7, 12).

La Primera Lectura nos trae un grupo de leyes referentes a los deberes para con el prójimo necesitado, con el correspondiente castigo para sus transgresores (Ex. 22, 20-26).

                                  



Pero una lista más completa la tenemos en las Obras de Misericordia, tanto espirituales, como corporales, que nos propone la Iglesia Católica.  En esa lista vemos cómo amar al prójimo es estar atento a sus necesidades, que pueden ser espirituales (enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos); o materiales (dar de comer al hambriento, dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar limosna a los pobres).

Sin embargo, es fácil amar a quienes nos aman y hacer bien a quienes nos hacen bien, pero cosa difícil es amar a quienes no nos tratan bien o a quienes -voluntaria o involuntariamente- nos causan algún desagrado o algún daño.  Pero recordemos que Jesús nos  ha dicho: "Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores.  Así serán hijos de su Padre que está en los cielos.  El hace brillar el sol sobre malos y buenos, y caer la lluvia sobre justos y pecadores” (Mt. 5, 43-45).  Precepto difícil de cumplir, pero no imposible, pues Dios no puede pedirnos nada imposible.  Amar a los enemigos significa perdonarlos, a pesar de lo que nos hagan, no desearles mal ni buscar la venganza y la retaliación, sino en cambio, desearles el bien y procurárselo cuando se presente la oportunidad.


                                        


Para tomar la medida de nuestro amor al prójimo podemos revisar en San Pablo su descripción del amor fraterno: “El amor es paciente y servicial.  No tiene envidia.   No actúa con bajeza, ni busca su propio interés.  El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona.  Nunca se alegra del mal.  El amor disculpa todo... todo lo soporta” (1 Cor. 13, 4-7).

Decíamos que Jesús nos dio una medida mínima para nuestro amor al prójimo: amarlo como nos amamos a nosotros mismos.  Pero también nos dio una medida máxima, que El nos mostró con su ejemplo: “Ámense unos a otros como Yo los he amado” (Jn. 15, 12).   Y El nos amó mucho más que a sí mismo.  ¿No dio su vida por nosotros?



















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org